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"...INFORME ESPECIAL: CRUCEROS

Placeres en La Ciudad que Flota

Una travesía de 48 horas en el nuevo barco de Royal Caribbean. El Liberty ya navega por el Caribe.

Hay un poeta que dijo: "Caminante, no hay camino, sólo estelas en la mar". Aquí, en el borde superior del crucero Liberty of the Seas, ya lejos del puerto de Miami, efectivamente no hay un camino y se ven en el horizonte anchas estelas de mar, enormes como esta blanca máquina de acero, gigantes como los sueños de cada viajero que abandona su mirada hacia un paisaje de agua verde sin fin. Pero también aquí, en La Ciudad que Flota, ya lejos de las reglas de tierra firme, no hay sólo estelas en la mar sino un mundo que tiene sus propias reglas, únicas, intransferibles, las que dicen que este barco, como todos los viajes, no es igual a ningún otro.

Piensa eso el navegante con una copa de un buen syrah californiano en la mano y un plato de damascos secos, nueces, queso y rodajas de pan negro mientras el barco se desliza suave y silencioso por el mar: ningún viaje es idéntico a otro y menos en un crucero de 13 pisos, varios ascensores y un sinfín de sorpresas que ni el poeta ciego Homero hubiera imaginado, siglos atrás, para su héroe Ulises (Odiseo), que protagonizó una sobrenatural travesía de casi diez años por el Mediterráneo, según cuenta en La Odisea. ¿Habría imaginado el griego Homero, inventor del Caballo de Troya, que en el tercer milenio el hombre lograría construir un barco de más de tres cuadras de largo para 3.500 pasajeros y que estos pasajeros llegarían a consumir -dos ejemplos solamente- 9.000 kg de carne vacuna y 10.700 botellas de cerveza en una semana?

Liberty of the Seas, ese gigante que nunca soñó Homero, hizo el mes pasado una mini travesía inaugural de dos días de navegación por el Caribe con periodistas, agentes de viaje e invitados especiales de todo el mundo. En realidad fue un bello y descomunal simulacro de las verdaderas travesías que el Liberty, el nuevo barco de Royal Caribbean, capitaneado por el argentino Hernán Zini, está haciendo desde el mes pasado con siete noches y escalas en varias islas del Caribe. La de los dos días bien puede ser contada como una muestra de lo que el turismo le ofrece a los viajeros del siglo XXI: una sucesión apabullante de placeres que se aprecian con los sentidos, el confort llevado a su máxima expresión, la ilusión y el misterio que siempre ofrece cualquier mar aunque el viajero sepa que ahí nada es azaroso, una porción de eso -la aventura- que forma parte de la sustancia de los viajes. Y comidas y bebidas y juegos y espectáculos y música y bailes y comidas y bebidas y juegos y espectáculos sin fin. Todo incluido en el mismo precio.

Para que se den una idea de la cosa, cuento lo que puede hacer cualquier navegante a cualquier hora del día. Sale de su camarote, baja (o sube) al quinto deck y allí puede internarse en el Champagne Bar, Sorrento's Pizzería, el bar de vinos, otro bar con los mejores cafés, negocios de ropas para las damas y los caballeros, salón de baile. La lista sigue. Visto de un piso superior, ese famoso deck 5 no tiene mucho que envidiarle al hall central de cualquier shopping de Buenos Aires. Es como una larga galería siempre iluminada en la que gente toma copas incontables, come a toda hora, mira las vidrieras, compra o acaso baila. Con un detalle: ese shopping surca el mar a 22 millas náuticas. Este pequeño dato marca la enorme diferencia de tomarse una copa en La Ciudad Que Flota que tomársela en la otra, la de tierra firme, en La Ciudad Desnuda. Salvo en el casino y en algún masaje, aquí el efectivo no circula, no hay tráfico, no hay apuro, todos conseguirán la porción de comida que fueron a buscar, el trago que necesitaban.

En La Odisea, Homero cuenta que Ulises y sus hombres debieron pasar por varias pruebas en ese movido viaje por el Mediterráneo. En una ocasión, cerca del país de los Lotófagos, pueblo que se alimentaba de un fruto maravilloso, el loto, tan exquisito que quienquiera que lo probara no quería marcharse ya, Ulises hubo de emplear la fuerza para arrancar a sus hombres a tales delicias. Habida cuenta de lo que comen y la frecuencia y el ímpetu con que lo hacen algunos de estos navegantes del Tercer Milenio en los diferentes comedores del Liberty, haría falta no digamos ya un héroe pero sí una brigada para desalojar de la zona de bifes, pollos, salmones, panes, papas y postres a -otro ejemplo al azar- ese canadiense idéntico al protagonista de la serie Los Soprano, que vuelve una y otra vez a la zona de buffet con un fervor inusitado, como si quisiese acabar con todos los alimentos de La Ciudad que Flota.

No lo logrará. Hay un ejército que está detrás de él, de cada navegante, una tropa disciplinada, amable y eficiente que repondrá inmediatamente su plato, llenará nuevamente su copa. Ese bar no se seca y esa cocina no cierra. Eso se comprobó especialmente en la clásica cena de gala de los cruceros, en los platos y bebidas suntuosos y en los vestidos de muchas damas. Los estilos de los principales modistos del mundo estaban allí.

Para que se den otra idea de la cosa, sólo una muestra de lo que puede hacer un navegante nocturno. Sale del camarote y puede ir a algunos de los salones de baile (por ejemplo, Studio B, donde Tito Nieves con su banda de 14 músicos hace bailar salsa a más de 100 parejas) o a un espectáculo del Platinum Theatre, un salón gigantesco. Este último no tiene la capacidad del Teatro Colón pero no es mucho más chico. Además de los efectos especiales que puede tener un buen teatro de Broadway, tiene una orquesta propia en una plataforma que sube y baja según el número musical.

En su relato, Homero imaginó monstruos de un solo ojo, sirenas traicioneras, tormentas pavorosas, tentaciones varias. En el Liberty, no hay nada de eso salvo las últimas pero de otro tipo. La máxima agitación de las aguas está en una piscina ondulada en la que se puede surfear. Tampoco esta travesía cuenta con la ayuda de los numerosos dioses que ayudaban al héroe Ulises, pero ha recibido la bendición de una tecnología abrumadora: la nave se maneja por computadoras, genera su propia energía, su propia agua, su propia luz, como una eficiente ciudad de 5.000 personas entre pasajeros y tripulantes.

Nosotros sólo fuimos a un bello simulacro. Imagínense lo que debe ser la travesía de siete días
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.." Fuente Clarin.com

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