Buceo
"...PRIMERA CLASE: BRASIL
En la bahía de los placeres
Ganchos, un pueblo de pescadores, cerca de Florianópolis, y todo el lujo de un extraordinario resort. Buceo, playa y excursiones.
Allá, del otro lado del agua —a unos 30 kilómetros— está el extremo norte de la isla de Florianópolis. A tan poca distancia de los centros comerciales, los edificios amontonados y la fachada de ciudad turística, el contraste es más pronunciado. Acá se siente la tranquilidad e intimidad de pueblo al natural. Entre los 11.500 habitantes de Ganchos, hay quienes abonan la leyenda de que la ciudad tomó el nombre del mismísimo Capitán Garfio (capitao Gancho), a quien sus aventuras habrían traído alguna vez hacia estas costas. Otros se lo atribuyen a las dos bahías en forma de gancho que se meten en la costa, o a los ganchos que, hace un siglo o más, los pescadores colgaban de los árboles para acopiar sus presas. Estas versiones, menos románticas, suenan más acordes a este pueblo de pescadores donde el morro cae hasta juntarse con la orilla del mar, con el agua —verde esmeralda y casi planchada— salpicada de miles de boyas de cultivo de ostras y mejillones y un tránsito permanente de barquitos pesqueros, en su mayoría, camaroneros.
Sólo por caminar un rato al sol, entre la playa y las calles que suben, bajan y serpentean, vale la pena haber venido. O por disfrutar un langostino frito y una cerveza en alguno de los bares de la minimalista Avenida Ganchos —cinco metros de ancho, no más de cuarenta pasos entre una curva y otra, y una docena de locales— o en el lanchonete Edú, frente al mar, donde el propio Edú asegura que se ven los mejores atardeceres del "centro".
Edú habla el portugués rapidísimo de los ganchenses. Pero como todos acá, se deshace en lo que sea necesario para que nos entendamos.
A menos de una cuadra del "centro", ya estamos en un sendero que atraviesa el morro. Toda una caminata de montaña entre rocas, árboles, plantas tropicales y aromas florales que no se sabe de dónde vienen. Al final del recorrido, de una media hora, el premio es la asombrosa Praia do Fora, unos cien metros de arena blanquísima y mar inmóvil —ideal para nadar— en el fondo de una de las bahías, rodeada de montaña y rocas gigantes que se meten en el mar.
"En invierno se puede ver en la bahía a los pescadores de trainha (lisa) levantando peces a mano con sus redes", cuenta Ligia, paulista de nacimiento y ganchense por adopción, quien nos acompañó en la caminata. "¿Y en verano?", pregunto. "En verano... playa", responde Ligia y se ríe como diciendo: "¿Qué más querés?". Y tiene razón. Sería de insaciable pretender otra cosa.
Los caprichos del confort
Ligia trabaja en el hotel principal de la ciudad, el Ponta dos Ganchos, un complejo de 20 bungalows de 80 a 130 metros cuadrados, tendidos en la ladera, cada uno con sus ventanales y su deck apuntando al mar. Escondido en una voltereta de la calle Elpidio Alves, el Ponta dos Ganchos propone el confort y los servicios de un hotel cinco estrellas en alianza con esta privilegiada naturaleza y el clima íntimo simplemente de ensueño.
Pensado para disfrutar en pareja, en luna de miel, segunda luna de miel o vacaciones de a dos (todas sus habitaciones son dobles y no se admite a menores de 18 años), más allá de las comodidades de la habitación (jacuzzi, sauna y wi-fi) su acento primordial está puesto en la atención. Con 80 empleados —para una capacidad máxima de 40 huéspedes— sin contracturas ni guantes blancos, tan discretos que pareciera que no estuvieran, pero que apenas los necesitamos aparecen y hasta saben nuestro nombre y ya intuyen qué es lo que estamos necesitando.
Ponta dos Ganchos está pensado para que, si el huésped quiere, pueda pasar sus vacaciones sin salir de allí: senderos internos para caminar, una playa exclusiva, bicicletas de montaña, un gimnasio bastante completo, pileta cubierta climatizada y una cancha de tenis de polvo de ladrillo con el mar de un lado y la ladera del morro del otro. El restaurante, abierto durante todo el día, ofrece para el almuerzo menús basados en ingredientes de la zona (mariscos y pescados, con puntos de cocción más cercanos al gusto argentino que al europeo) y, a la hora de la cena, sabores más internacionales. ¿Si llueve? Sala de juegos y microcine con cerca de trescientos títulos.
Tres imperdibles del Ponta dos Ganchos: uno es "The Hook", el trago del hotel, una caipirinha hecha con cacha©a artesanal. Los otros dos: una cena en la isla —se llega por un puente desde la playa— bajo un gazebo que sólo recibe a una pareja por noche, y las sesiones de masaje de relajación que la brasileña Suela y la uruguaya Jackie dan en carpas a orillas del mar, con el ruido de las olas como música de fondo.
Bahía dos Golfinhos
"Hay 50 y 50 de posibilidades. Simplemente, a veces vienen y a veces no", nos advierte Enrique, el conductor de la lancha que, desde el muelle del hotel, nos lleva de paseo por la Baía dos Golfinhos (bahía de los delfines). Tenemos suerte: al rato de haber salido, los delfines aparecen y desaparecen al costado de la lancha.
Llegamos a la isla de Anhatomirim, con sus cañones apuntando al oriente. "Son impresionantes, ¿no?… Lástima que la invasión vino por tierra", bromea Enrique. En la isla está la Fortaleza de Santa Cruz, un fuerte del siglo XVIII con paredes de casi un metro de ancho, restaurado de sus ruinas. Interesante: la fortaleza está impecable, aun cuando no haya un solo lugar donde esté prohibido pasar y sólo haya que mirar con las manos en los bolsillos. Entramos en la residencia del gobernador, en los puestos de vigía sobre el acantilado y hasta en celdas de castigo. Nadie dice nada.
Otras interesantes opciones para pasear: la ciudad de Santo Antonio de Lisboa —en la isla de Santa Catarina—, con sus ferias artesanales y las construcciones de los colonizadores azorianos que se conservan desde hace cuatro siglos; una recorrida en bote para ver de cerca el cultivo de os tras y degustarlas —ahí mismo— absolutamente al natural; la bodega donde Ivo Scherer produce, en cantidades mínimas, su cacha©a artesanal… O, simplemente, quedarse en el hotel, cruzar por el puente hasta la isla y disfrutar la puesta del sol, del mar, de la paz y la naturaleza. Hasta que llegue el momento de irse y, mientras el carrito de golf —principal medio de transporte por los caminos del hotel, cuando las piernas se cansan de las trepadas— avanza hacia la recepción, un empleado que anda por ahí me salude con un "que tenga buen viaje, señor Juan", y vaya a saber cómo él también sabe cómo me llamo...." Fuente Clarin.com
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